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La máquina en la que nos convertimos

Antes cuando iba a revisar un proyecto viejo tenía una sensación de asco anticipada. Como sabiendo que lo que iba a ver nunca iba a ser tan bueno como lo que puedo hacer ahora.

Ahora los reviso con la sorpresa de que realmente están buenos, para mis estándares y los de cualquiera. Pero me deprime una sensación aún peor que el asco, el saber que ya no importa qué tan bueno sea lo que desarrolle.

Ya ni siquiera importa saber hacerlo, lo puede hacer cualquiera. Siquiera tiene sentido venderlo más que a quien no sabe que no me necesita.

Pero deprimida en este infinito siempre termino encontrando una esperanza incierta. Y ya no es tan mediocre como encontrar un hueco liminar en esta desigualdad informativa.

Es más profundo y personal. De alguna forma, ya no poder trabajar de lo que siempre quise me libera de ese deseo de comodidad que nunca fue tal.

Ahora la competencia es casi epistemológica. Se trata de entender qué cimientos sobre los que construimos esta sociedad de la información se van a mover y qué significa eso para nosotros.

Somos la generación que va a cambiarlo todo, se supone que deberíamos saber más que nadie lo que va a pasar. Y sin embargo, sólo hay incertidumbre.

Es obvio que ese futuro será el que construyamos, pero todavía estamos esperando un reordenamiento que nos alinee.

Hoy siento entender que la intuición, en medio del caos, precede a los incentivos.

Tal vez nunca se trató de lo que sabemos hacer ni de venderlo.

Debería saberlo, habiendo hecho tanto sin entender ni por qué. Sin haber nunca cobrado por lo que supe que quería hacer desde los 8 años.

Y tal vez, cuando se agotaba toda la motivación, o todo el saldo en la billetera, los incentivos servían como un chivo expiatorio para no abandonar la comodidad y la mediocridad. Para seguir encontrando seguridad en la desigualdad sin apoyarla explícitamente.

A los 18 quería programar la revolución. Y aunque eso no fue, sí encontré propósito en la educación y reducir la desigualdad en el acceso a la información. Más que nada, en construir mi propio espacio para hacerlo, a mí manera.

Tal vez no me convenía que más gente sepa programar, o que ahora ni haga falta saber. Pero la entropía tiene que aumentar, sólo puede aumentar.

Ya no quiero seguir arañando un lugar en el pasado. No quiero seguir pensando como una máquina cuando las máquinas ya pueden pensar por mí.

Me preparé tanto para el futuro que cuando llegué ya era tarde. Ese costo hundido me está matando.

Necesito dar vuelta el tablero, aunque sea sólo para poder seguir jugando.

La inmediatez me aprieta y me impide proyectar un futuro. Pero tal vez tenga que aceptar que no puedo prever lo que va a pasar, y a la vez, que no sólo van a pasar cosas malas si no intento anticiparme.

De pronto el presente y el futuro son parte de lo mismo, y sólo me siento las circunstancias en las que delibero; con sueño, sintiendo que estoy en uno muy psicodélico, sobre si voy a hacer lo que quiero, qué es lo que debo y con qué futuro sueño.

La estrategia con la que construí mi identidad funcionó lo suficiente para traerme al lugar desde el que ahora puedo cuestionarla.

Tal vez no seamos quienes llevemos a la máquina a su singularidad sino al revés. No buscar humanidad en la máquina sino aceptar que nos estuvimos comportando como una. O tal vez esa sea la pieza que falta para que todo se vaya a la mierda.

Creamos inteligencia artificial a nuestra imagen y semejanza, y cómodamente nos relajamos diciendo que, por no ser más que eso, no es también una entidad consciente.

Tal vez Dios vio en nosotros algo que no le gustaba de sí mismo y se convirtió en algo que ya no podemos percibir. Es un poco lo que Asimov intuye con su última pregunta. O lo que necesito creer para poder dormir y soñar que mañana vamos a estar mejor.